un camaleón en Kirkalunio
Este cuento podría ser un cuento chino, pero también ser cierto y tener lugar en tu país, en tu ciudad, en tu casa y hasta en tu caso.
Pongamos que en él se habla de una niña, y pongámosle por nombre Mila.
Mila tenía un móvil y éste era su bien más preciado. Mucho más que sus adorables peluches, mucho más que sus amigas del alma, mucho más que su propia familia (¡y eso ya es decir!).
Se dormía y despertaba con el móvil en las manos, leía y contestaba los mensajes recibidos, oía su música preferida, hacía scrolling hasta el infinito y más allá, seguía en Tiktok a la influyente Loba Lobita, y se hacía forzadísimos selfies que volcaba al instante en las redes para seguir sumando likes y más likes y sentir crecer su autoestima. No dejaba el teléfono ni de día ni de noche. A Mila el móvil, auténticamente le quitaba el sueño.
Salía de casa con los ojos puestos en él. Cuando entraba en el ascensor, con un ojo miraba quien bajaba o subía a su lado y con el otro seguía pendiente del móvil. Cuando caminaba por la calle, con un ojo veía las fotos o leía los mensajes, y con el otro iba mirando todo aquello con lo que se cruzaba: peatones, bancos, postes, árboles…
Empezó a desarrollar tal destreza con los ojos que empezaron a funcionarle por separado: con uno miraba siempre hacia abajo y con el otro o de frente, o hacia arriba, o a la izquierda a la derecha. Vamos, que parecía un camaleón y, además, bizco.
Como escribía mensajes usando los dos pulgares de las manos, intentaba comer sacando la lengua para llegar al plato. La estiraba y estiraba, pero por más que lo intentaba, no llegaba a probar bocado, parecía un camaleón que se hubiera tragado la lengua.
Como se paraba cada dos por tres para atender al móvil caminaba como un borracho, parándose a cada instante, dando pasitos para delante y para atrás, o para ambos lados, vamos, lo dicho, que parecía un camaleón borracho. Lo único que la diferenciaba del reptil escamoso, es que Mila pisaba todas las cacas de perro.
En cuanto veía a alguien coger el móvil, enseguida encendía el suyo; si veía a una amiga haciéndose un selfie, se peinaba y sonreía exageradamente para hacerse una foto y colgarla; que veía a una chica con las mismas zapatillas que llevaba Loba Lobita, enseguida las pedía por internet y se las calzaba…. Además de estar enganchada al móvil, Mila imitaba todo lo que veía en él. Igual que hace la piel del camaleón pantera con los colores.
Y como todo esto es un cuento chino, me voy a inventar un final mandarín:
Un día llegaron extraterrestres a la Tierra y con lo primero que se toparon fue con Mila. Les pareció un ser tan extraño que la metieron en un terrario inmenso (terrario es una palabra de la familia Tierra) para llevar aquella rareza a su planeta, un diminuto astro llamado Kirkalunio -los astrólogos más agudos aseguran que este planeta orbita alrededor de una de las estrellas más luminosas de Andrómeda-. Cuando llegaron a Kirkalunio, el director del exoplanetario que allí hay, el Señor Kuwsh a5, enseñó a todos los kirkalunitas el terrario donde se encontraba Mila peleándose con su móvil porque no encontraba la señal de internet. Mirando al público, dijo en su lenguaje alienígena:
-Queridos habitantes de Kirkalunio, tengo el gusto de mostraros una auténtica rareza traída del más allá de nuestra galaxia, un ser que mueve los ojos por separado, que no usa los miembros superiores como no sea para toquetear el aparato luminoso que, como veis, siempre lleva encima y que sabemos es capaz de usar para de imitar sin parar todo lo que en él oye y ve -dijo muy orgulloso del gran hallazgo-.
Entonces, se oyó un:
-¡¡¡Ohhhhhhhhh…!!! -todos quedaron fascinados- ¡¡¡Qué animal más extraño y primitivo!!! –se oyó entre no pocos de los presentes-.
Y es que los kirkalunitas alucinaron porque ellos están muchísimo más avanzados que los terrestres, hasta tal punto que… por la calle se paran a hablar con todo el mundo en las esquinas, y cuando van al mercado hacen cola para comprar, celebran fiestas con orquestas y bailan pasodobles, toman churros con chocolate, quedan con los amigos, quieren a sus padres, cuidan a sus abuelos y NUNCA NUNCA comen con el teléfono en la mesa. ¡Ah, y nada de mensajitos, hablan en su idioma alienígena y por los codos!
No, no estoy loco, colegas. La locura es ser un camaleón que se ha tragado su lengua y que está pegado todo el día al móvil para ver y copiar lo que hace todo el mundo.