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hijos de Akhenaton

Feb 6, 2026

Aún éramos unos críos cuando decidimos usar pseudónimos para -supongo- ocultar nuestra identidad. ¿De qué o quién?… buena pregunta, seguramente no nos la llegamos a hacer porque sabíamos de sobra que de nada nos teníamos que esconder. Pero “molaba la idea» de convertirnos en una especie de Butch Cassidy & Sundance Kid en aquel Madrid de los 70.

Nedurp, fue el apodo de mi amigo. Tras mucho pensar, se nos ocurrió -¡qué agudeza creativa!- invertir el orden de las letras de su hipocorístico nombre de pila, o sea, Pruden (de Prudencio). -“Tío, qué chulo suena”-. Así podría haber llamado a su hijo el mismísimo Akhenaton. El mío también era muy chulo: Solrac, aunque sonana más a aqueo o a sumerio que a egipcio. Mi apodo fue resultado del idénticamente ingenioso giro que dimos al nombre de un tío mío que falleció muy joven y que mis padres eligieron en su memoria para mí, o sea, Carlos.

Usamos aquellos nombres durante una absurda temporada. Luego nos olvidamos de aquella intrigante estupidez.

Retrato de Pruden.

Fue el primer y único gran pacto que hicimos en esta vida, sin derramar una gota de sangre, sin un asqueroso intercambio de saliva, conscientes, incluso mucho antes del absurdo bautismo, que nuestra relación estaba destinada a ser… eterna y a prueba de todo. Ya no hubo más pactos, si acaso y en ocasiones puntuales -cada vez que nos encontrábamos al cabo del tiempo-, confirmábamos, inconscientemente, la plena y permanente vigencia de nuestra conexión.

Sí, la vida nos sirvió la amistad en bandeja y durante la juventud no desaprovechamos la más mínima oportunidad para servirnos nosotros de ella y despacharnos a gusto. Eso fue así y todos siempre lo supieron y admitieron.

Esta amistad -y digo ésta porque hubo otras pero no iguales-, fue una coincidencia que siempre estuvo muy lejos de ser una casualidad. Qué la determinó, verdaderamente escapa a mi entendimiento y el de cualquiera.

Desde muy niños nuestras vidas confluyeron diría que siguiendo los designios de un azar trazado por algo bien distinto al destino. Primero fue en el parvulario y sin haberlo sabido hasta mucho después, cuando atamos cabos y con el tiempo ambos caímos en la cuenta de haber estado juntos desde los 3 ó 4 años; después en el barrio, en el que casualmente fueron a instalarse nuestras familias (en calles muy próximas situadas entre los confines de Chamberí y el arranque de la Ciudad Universitaria), por cuyas callejuelas nos encontrábamos y perdíamos, y en las que nuestra pubertad empezó pavonearse y revolotear con las naderías propias de la edad; compartimos vivencias en los descampados y ambientes precoces de un Madrid que aún tenía cierto tufo a posguerra (visible hasta en las huellas de balas y metralla que testimoniaban algunos edificios); imposible no pensar en las vacaciones que, por nuestra amistad confesa, fueron compartidas por partida doble y disfrutadas a tope (nunca olvidaré el año que veraneamos en una estación de ferrocarril abandonada y pasamos un mes entre viejas locomotoras como las “Pacific” de la las pelis del oeste, ¡qué vivencia tan surrealista!); también coincidimos en nuestras súbitas y pasajeras aficiones a algunos deportes como el esquí, o en prepararnos a fondo para correr una de las primeras maratones de Madrid o en jugar a emular a Bobby Fisher y Garry Kasparov. Recuerdo que los cines de sesión continua fueron una maravillosa constante fin de semana tras fin de semana durante años.

Esas y otras muchas cosas hicieron de nosotros mucho más que uña y carne, fuimos la encarnación de un símbolo entrañable creado a partir de dos minerales raros fundidos y convertidos en una curiosa aleación.

Pero por encima de lo azaroso en nuestras vidas, siempre estuvo un entendimiento muy natural y nada forzado. Nedurp, agradecía la constancia y la incondicionalidad de Solrac, y Solrac la predisposición y la lealtad más que fraternal de Nedurp. Un curioso tándem formado por dos tipos sin muchos amigos reconocidos; seguramente alguna extraña tara o carencia de infancia nos unió entonces y, seguramente, nos ha seguido uniendo durante tantos años que, sin caer en la cuenta exacta, sé de sobra superan el medio siglo.

Nedurp siempre fue muy… suyo, bastante críptico, algo desconsiderado y se diría que tacaño con los gestos de afecto, pero sólo para quién se quedó en un análisis superfluo del personaje que fue y sigue siendo. Yo lo viví y he sentido de otra forma toda mi vida.

Tuvo un punto de violencia reprimida -aplacada con los años- que imaginé obedecía a un “odio indiscriminado”por ser incapaz de culpar a nadie de la temprana y desgarradora pérdida de su madre. Recuerdo imaginar y sentir aquel reservado dolor suyo y no ser ser capaz de reconocer mi inmensa fortuna (yo tenía una madre, ausente también, pero de una forma menos cruel). Nadie nunca en su familia me habló de ella. La recuerdo retratada en blanco y negro junto a un niño rechoncho y feliz en una estantería del salón de su casa. Nedurp traía de serie genes de su familia paterna —genes explosivos cuya magnitud alcance a entender cuando conocí a su tío Julio, un hermano de su padre, un tipo electrizante y de armas tomar—. Aquellos genes son los mismos que siempre han provocado en su carácter súbitas erupciones de una furia, completamente inocua y pasajera.

Solrac, en cambio, siempre se mostró más predispuesto a profundizar y exprimir la relación que tanto bien hacía a ambos. Fuí el amigo servicial que agrada porque sabe escuchar con paciencia y que, haciéndolo, sabe libar esa dosis de amor y humanidad necesarias y que sólo se desprenden del cariño cuando uno sabe que es incondicional y sincero. Solrac era un tipo sin unos rasgos claros que definieran su personalidad; creo que sólo Nedurp supo entender la dimensión que albergaba el corazón del niño pequeñoburgués que fui y al que nunca La Vida maltrató de ninguna de las maneras con las que puede llegar a ensañarse con un niño. Quizá esa confortable y estable mediocridad fraguó una suerte de descontento que marcaría para siempre el espíritu inconformista de Solrac, y fue causa de la avidez que siempre mostró en buscar la felicidad extramuros, depositándola en todo amor que no fuera el “propio”. (Quizá debiera modular esta apreciación, los años aportan cierta sabiduría que debiera afectar a mi visión).

Vuelvo al recuerdo de aquel tiempo de una inocencia no exenta de riesgos. Gozábamos como nadie compartiendo nuestras pequeñas aficiones y maldades: descolgarnos con alevosía y nocturnidad por la ventana del edificio en el que nos alojábamos cuando íbamos a esquiar, practicar una variante del ciclocrós realmente extremo -casi suicida- con dos BH de pacotilla, jugar al bádminton en plena calle sorteando los vehículos que circulaban, recorrer los Pirineos en un Seat 600 convencidos de estar compitiendo en el DaKar, acechar a mujeres imposibles o escaparnos de nuestros tediosos hogares para hablar, hablar y hablar de cualquier cosa (hablar y con vehemencia ha sido una constante en nuestras vidas).

A pesar de largas ausencias y falta de presencia en algunos tramos de la vida, siempre hemos seguido unidos. Por más vueltas que dieron nuestras vidas, nunca nada logró disolver esta predestinada amistad. La lealtad ha sido mutua y ha sorteado grandes distancias e ineludibles distanciamientos. Ha sido un hecho y ha quedado demostrado.

Me llama la atención ver como con los años hemos recuperado la atención del uno en el otro; es como si hubiésemos estado distraídos y ahora -como dice él- que nos “extinguimos saludablemente», hayamos vuelto a buscar aquello que la vida escondió entre la voraz maleza del ejercicio profesional, las obligaciones sociales o las anestésicas rutinas impuestas por un guión escrito sin imaginación para que todo bicho viviente interprete el mismo papel en la vida.

Ahora hemos vuelto a buscarnos como entonces. Nos encontramos con más regularidad y, al mirarnos, sin comentarlo, es como si ebrios de nostalgia entendiéramos cuánta vidilla nos dieron aquellos años. Hemos recuperado la intensidad de las charlas, la sinceridad de un trato limpio y sin fingimiento alguno. Buscamos, ahora que nos tambaleamos, el apoyo de entonces. El mismo que fuimos. Nos conocemos tan bien y nos aceptamos tanto que cuando estamos juntos es como estar tirados en un sofá, callados, bebiendo una cerveza y sabiendo de antemano lo que va a decir el otro.

Ambos somos víctimas de este presente veleidoso y bárbaramente disruptor que hace más que evidente nuestro sincronismo, que nos lleva a ser más reivindicativos, desde una exaltación completamente inofensiva. La Vida no hace lo que debe por allanar el camino a sus hijos mayores, somos los individuos los que hacemos lo que podemos por no descolgarnos de la permanente juventud del presente… Pero en ese intento, a veces llegamos a no reconocernos y a perder unos referentes vitales. Nedurp implica tenerlos muy presentes y eso me reconforta. Creo que así lo sentimos ambos.

En este hombre bondadoso, exasperantemente lento, sin duda desatento (siempre consideró innecesarias la hipocresía de las formulas de cortesía), víctima de una narcolepsia que no tiene reparo en asumir en presencia de todos y que es capaz de despertar en quien lo conoce bien un amor infinito, he reconocido la suerte de una verdadera amistad. Hace poco me dijo que yo “anclo” su vida… Cuánto lo comparto, Nedurp, gracias a ti yo consigo entender de donde vengo y adonde voy, lo que me permite dar sentido al gratuito e inexplicable hecho de vivir.

Es una auténtica suerte alcanzar a entender que la vida de los dos da sentido a la de uno.    

Gracias, hijo de Akhenaton. Gracias amigo mío.