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«una paellita»

Siempre he dicho que “los diminutivos” pocas veces tienen gracia. Esa inclinación a banalizar del hablante añadiendo a las cosas esa dosis extra de inocencia y simpatía que aportan todos los “itos” y las “itas” posibles e imposibles, me resulta insufrible; sobre todo, porque suele acabar convirtiéndose en un ejercicio de cursilería permanente. Al oírlos, siento una especie de repelús desde los timpanitos hasta la boquita del estómago.

factura paellita chiringuito

Pero en algunos casos, sobre todo en los referentes al consumo, la gracia roza la desgracia más indeseable. La grima y el rechazo que producen esos diminutivos puede traspasar la frontera de lo aceptable. Una “paellita” por 140 euros en un chiringuito ideado para hacer guita fácil, es un diminutivo inmoral. Y más si, en lugar de en nosotros, pensamos en la inmensa mayoría del mundo.

Pedir “una paellita” no tendría ninguna gracia en países como Uganda, Mauritania, Tayikistán o Camboya, donde el salario medio mensual del que tiene la fortuna de trabajar está por debajo de los 150 euros. Si un obrero ugandés pidiera una “paellita” en ese voraz chiringuito, no creo que su familia lo celebrara 29 de los 30 días del mes.

Sí, esa “paellita” chiringuitesca rebasa la frontera de lo moral porque convierte a medio mundo en condenadamente pobre.

Pero el «temita» de la «una paellita» no es diminuto y llega aún más lejos rebasando otra frontera, la de lo ético.

Es un fraude hiriente cobrar en un bar por una “botellita” de agua de 250 ml -por muy débil que sea su mineralización-, ¡¡2´50 euros y sin sonrojarse!! Un ugandés, no gana ni 1 euro por un duro día de trabajo (paradojicamente extrayendo minerales)… ¡Gana menos de lo que pago yo por medir la presión de los neumáticos en la gasolinera que hay al lado de casa!

Esta sociedad ya sólo encuentra en los diminutivos la forma de aliviar la tremenda presión que ejerce el delirante afán de lucro que tiene El Sistema.

Unos “zapatitos” en nuestra salvaje realidad pueden costar el sueldo de toda una sufrida vida laboral en Liberia; “un viajecito” a Bruselas puede suponer los ahorros de toda una familia en el Congo, ése mismo que hace nada era belga; “un vinito y unos percebitos” pueden equivaler a la madera que necesitó un haitiano para reconstruir su casa tras el paso del huracán Matthew; “una horita” de parking en el centro de Barcelona no se diferencia mucho del presupuesto diario para comer de un venezolano empleado hoy sin la más mínima seguridad.

Sí señor, “una paellita” no tiene maldita la gracia, ni siquiera en casa, donde unos cuantos granos de arroz se pueden comer un cuarto de la pensión de algún anciano sin dentista ni dientes. El valor real de las cosas ha perdido el juicio. El precio que hoy pagamos por tenerlas es una pura especulación que empobrece a una creciente legión de seres sin recursos, y que básicamente sirve para que ganen los que juegan a esta gran partida de Monopoly que… no es «La Vida que llevamos» porque es «La Vida que nos lleva».

Estoy “deseandito” pedir “una paellita” y que el «capullito» de turno, al entregárme la «notita», me diga…

-Aquí tiene, son 140 “euritos”.

Me da algo. Calla tío, que puede ser aún peor…

-Aquí tiene, son sólo son 140 “euritos”.