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un AVE entre Berlanga y Kubrick

Ene 15, 2022

-¡Blinn…blonn!… 

Aviso en el AVE Madrid-Málaga un minuto antes de empezar a frenar ese ímpetu que te lleva a viajar volando. Señal de que nos aproximamos a una de las pocas estaciones que lo detienen.

 -(Será Puente Genil -he conseguido pensar-). 

Una megafónica voz femenina me espabila sin llegar a abrirme los ojos:

-Próxima estación: Puente Genil Herrera. Por favor, no olviden sus objetos personales.

 Y luego, otra, como más considerada y femenina:

-Next station: Puente Genil Herrera. Please, don’t forget your personal belongings.

Por una vez, a la segunda va la vencida. Será la inglesita la que me impida volver a cerrar los ojos. 

reflejos en la ventanilla del AVE

Poco después, veo el tren deslizarse sobre un anden completamente desierto; y más que para dar una tregua a su velocidad, yo diría que para recrearse en su asquerosa puntualidad. 

A través de la ventanilla, veo a dos operarios de Adif, no muy altos, bastante desaliñados; están esperando a que paremos del todo. Uno es un hombre, el otro, resulta una mujer. Él está enfundado en un sucio chaleco reflectante de color amarillo y empuña una silla de ruedas; ella, está a su lado y va de vacío. 

De inmediato, salen del marco de visión que delimita mi ventanilla; uno lo hace por la derecha, y la otra por la izquierda. 

Algún impedido o enfermo, digo yo -y lo digo sin la más mínima intención de entender o desentrañar nada-. 

Un instante después oigo dos voces nombrar a alguien; una, la del hombre, la otra, la de la mujer; una, desde un extremo del vagón, la otra, desde el opuesto.

-¡Antonio Vallejera… Antonio Vallejera… Antonio Vallejera!… 

(No estamos en las Cuevas del Drach, pero me suenan a Berlanga: es una especie de versión ferroviaria de El Verdugo).

Ambos se encuentran en medio del pasillo. En ese punto, él afirma tan convencido como desconcertado:

-¡Este es el coche 5, tiene que venir aquí! 

Algo más nerviosos, porque saben que el AVE no espera, vuelven a empezar desde el principio.

-¡Antonio Vallejera… Antonio Vallejera… Antonio Vellejera..!

No veo nada, pero lo oigo todo. En algún punto del pasillo, la mujer detiene su acuciante llamamiento. Entonces, ya sea por su experiencia, una corazonada, o algo que se escapa a mi entendimiento, se dirige muy concretamente a un pasajero.

-Señor, ¿es usted Antonio Vallejera??

Oigo una voz rota, débil y extrañada carraspear: “Sí, soy yo”.

-Pues vamos, Antonio, venga conmigo, está en Puente Genil, ¡tiene que bajarse, es fin de trayecto para usted!… ¿Dónde está su maleta, delante o detrás?… 

-Allí, allí… creo que me la pusieron allí. 

Contesta, mientras veo que viene caminando con torpeza por el pasillo, arrastrando el abrigo y una bufanda gris marengo. A la altura de mi asiento, gira su rostro y nuestras miradas se cruzan. Su interés por mí dura una interminable fracción de segundo, ha de seguir a la empleada de Adif que camina a zancadas. Después, los sitúo frente al pescante al oír preguntar:

-¿Cuál de estás es su maleta, Antonio?

El viejo, titubea y luego le indica asertivo: “Ésta, es ésta”.

-¿Ésta de color dorado?, ¿está usted seguro, señor?

El anciano da carpetazo al tema asegurando: “Sí, sí, es ésta”.

Cuando el AVE imperceptiblemente arranca y empieza a avanzar, veo al operario de Adif por la ventanilla, lleva a Antonio en la silla de ruedas; su compañera, dos pasos más atrás, arrastra una maleta trolley de color dorado con llamativas y “apurpurinadas” pegatinas, son estrellas del tamaño de una mano infantil. 

Con la misma poca intención de considerar nada, cierro los ojos y empiezo a viajar de nuevo. Esta vez, hacia dentro de mí:

-¿Dónde irá con esa maleta?… ¡Qué poco le pega!… Puede que se la haya prestado su nieta… Habrá viajado poco… tal vez, éste sea su primer viaje en AVE… Aunque… ¿y si ésa no fuera su maleta?… Igual, como ya debe chochear, se ha encaprichado con la de otro viajero; o, mejor dicho, con la de una viajera… ¡Tendría poca gracia para alguno de los presentes!… ¡Qué más me da!

… El caso es que no se veía muy contento Antonio en su sillita…  

Con la aceleración del tren, vuelvo a coger un sueño profundo… Siento fugarse mi consciencia; es como si entrara en hibernación, como si fuera a hacer un viaje espacial al más allá (de María Zambrano).

Entonces, en el bendito AVE se rueda otra película, una alucinante, una auténtica… rayadura. 

Me dirijo a un exoplaneta cuadrado con satélites estrellados; en su aproximación, la nave en la que vuelo comienza a atravesar una densa y uniforme atmósfera de chisporroteante purpurina. Acabo aterrizando en una inmensa estación espacial, en la que no veo un alma, alfombrada por una bruma blanquecina; allí no parece haber nada ni andar nadie. Sólo puedo oír el rodamiento de una de esas cintas transportadoras que facilitan a los pasajeros la salida; una inmensa puerta giratoria da al exterior, está repleto de edificios sin gracia alguna, son tetra briks de cristal gigantescos, inmensas estalagmitas de las que entra y sale gente espectral; vagan por inmensas avenidas, cabizbajos y en la más absoluta soledad, acarreando todos una maletita con ruedas de color dorado, adornadas con estrellas del tamaño de la mano de un niño. 

De repente noto algo en el hombro. Unos enérgicos toquecitos. Me despierto en el momento que una voz se dirige a mí:

-Oiga, señor, ¿es usted Carlos Baena?

Apenas puedo balbucir un “sí, sí, soy yo”. 

Cuando me giro y miro hacia arriba, veo a una mujer sonriente, con una chaquetilla amarilla, reflectante, sucia y desabrochada. Me mira fijamente y me dice con apremio:

Vamos, levántese, ha llegado a su destino, aquí se acaba el viaje para usted… ¿Dónde está su maleta?… 

-Allí, allí… tiene que estar allí. 

Obediente recorro el pasillo tras la empleada de Adif. Por el camino me llama la atención un joven que apoya su cabeza contra la ventanilla, duerme sobre una almohada improvisada con su cazadora. Recuerdo sus ojos abrirse para clavarse en mí y hacerme sentir el encuentro de nuestras miradas. Se produce una especie de trasvase de contenido imaginario, misterioso.  

La auxiliar de Adif se detiene frente a un montón de maletas apiladas y me pregunta:

-¿Cuál de estás es su maleta?

Por Dios, no consigo recordarlo, pero ella insiste apremiando, tiene prisa, el tren ha de continuar su viaje… Finalmente, elijo una al azar

-¡Ésta, es ésta!”.

-¿La de color dorado?, ¿está usted seguro, señor Baena?

-“Sí, sí, ésta” -respondo molesto por su recelo-.

Lo último que recuerdo es ver pasar al muchacho apoyado sobre la ventanilla, dormido nuevamente; lo sigo con la mirada hasta que desaparece por completo el AVE que lo lleva volando. 

Estoy en el andén, sentado en una silla de ruedas. Me invade una sórdida sensación de ingravidez. Recuerdo que tuve la impresión de haber perdido el tren de la vida.

(Qué curioso, me ha recordado a Kubrick: ha sido una especie de versión ferroviaria de 2001 Odisea del espacio).