condenada sopa
En Portugal es costumbre -y muy buena- servir sopa en las comidas.
Un caldito con grelos es algo que me vuelve loco. (Importante: la versión portuguesa del “caldo gallego” es la sopa de “feijão com grelos”).
Y cuando digo que el caldo está sensacional, más allá de lo sabroso que éste esté, sin duda es por la cantidad de sensaciones que me provoca no sólo en el paladar.
Algunas interpelan a mis sentidos: el olor, el sabor y -como entra por los ojos- también la vista… Otras, en cambio, trabajan más en el orden de mis sentimientos: lo reconfortante de ese calorcito que ayuda a combatir los días de frío, lo entrañable del olor a caldo impregnando de vida un hogar, o el amor que siempre implicará comer de cuchara en un norte que evoca la felicidad de una naturaleza verde y apetecible.
Hay un lugar en Viana do Castelo, de aspecto indeseable, donde cada día una madre y su hija -ayudadas por dos altivas e inexpresivas angoleñas- dan de comer a decenas de trabajadores de los astilleros que dotan de cierta relevancia a la ciudad. No hay que dejarse llevar por la primera impresión que causan aquel lugar y el aspecto de las que en él trabajan. De sentirse disuadido por ello y evitar entrar, uno se equivocará y no poco.
A partir del mediodía, enfundados en sus sucios monos de trabajo, vienen a comer y alborotar el local con sus gritos y risotadas decenas de currantes de innumerables sectores. El menú es barato, la comida casera y la sopa… ¡ay, la sopa!… aunque siempre sea la misma, me enloquece. Sandra se ocupa de servir las mesas y la madre -siempre en los fogones- de desbordar los platos. No conocen el descanso, trabajan infatigablemente 7 días a la semana, 365 días al año.
Ayer llegué temprano y me senté. Nada más hacerlo me sirvieron el caldo (ya me conocen). Como estaba ardiendo, me quedé observándolo, absorto, esperando a que se enfriara. No sabría decir el porqué, pero los vapores del plato trajeron a mi mente el penal de alta seguridad que visité Boise, la capital de Idaho. Recordé la sala donde ajusticiaban a los condenados a la mal llamada “pena capital” -la cadena perpetua me parece una pena aún más inclemente que una muerte abrupta-. Imaginaba aquellos chavales de 11, 12 y 13 años -cuyas fotos pude ver- encerrados en infectas jaulas esperando a ser ahorcados, esperando a sentir el golpe plúmbeo y seco de su peso descoyuntándoles por el pescuezo y asfixiándolos durante angustiosos instantes.
Cuando he retornado al presente de ese súbito viaje y he vuelto a encontrarme, aún humeante, con la sopa, me he arrimado a la mesa para comer debidamente sobre el plato. Al hacerlo no he podido evitar el chirrido de las patas de mi silla sobre las baldosas del suelo. En ese instante he vuelto a despegar y me he trasladado hasta Carolina del Sur, a la South Carolina Penitentiary de Columbia, me ha sido imposible evitar pensar en otra silla, en la silla eléctrica donde, sentado sobre varias Biblias para dar la talla, fue electrocutado un niño de 14 años. Recibiría con pavor la descarga de 16 kilovatios fijada por un protocolo que rara vez resultaba letal a la primera. Un protocolo que debió requerir de varias sacudidas pavorosas para llegar a certificar la muerte de aquel reo imberbe. Su muerte debió provocar el mismo y nauseabundo olor que desprendía el “frango” que en aquel instante crepitaba abrasándose en la parrilla manipulada con vehemencia por la madre de Sandra.
Aquella sopa estaba tomando una extraña deriva y todo me olía a chamusquina.
Cuando me llevé la primera cucharada de sopa a la boca, entendí que aquel efímero placer bien podría tratarse de mi última voluntad en esta vida. Entre los efluvios que manaban del plato, pude ver a Sandra, vestida con un grasiento uniforme de funcionaria de prisión. Tras abrir mi celda haciendo girar las llaves de un mecanismo que me sonó al inapelable y postrero reloj del destino, vi su mirada -se diría que compasiva-, me ofrecía un plato hondo y humeante con la condenada sopa de “feijão com grelos”, el mismo plato que no pude ignorar tenía frente a mis narices. La madre de Sandra gritó desde el fondo de la cocina:
—George Stinney Jr., hoy, 16 de junio de 1944, será el último día de tu vida que puedas saborear esta sopa que tanto amas. Tómala lentamente disfrutando cada sorbo y encomendando al Señor tu alma, pues hoy la sociedad va a descargar sobre tu joven cuerpo toda la ira que la inmisericorde venganza del corazón humano es capaz de concebir. Qué Dios perdone al ser descarriado en que te convertiste, lo que los hombres no han sabido perdonar al niño que eres.
Entonces he sentido un chispazo a la altura de una de mis extremidades inferiores y, desde ella, correr por todo mi cuerdo una descarga salvaje que ha abrasado mis neuronas y paralizado violentamente mi corazón … He podido sentir mi rostro desplomarse sobre el plato de sopa mientras perdía súbitamente todos los sentidos que me habían mantenido vivo hasta ese instante.
Las mesas contiguas a la mía han oído el sórdido “splash” de mi rostro al caer sobre la sopa y los electrones chisporrotear por el plato dando chasquidos, cortocircuitando la instalación y sumiendo el local en una luctuosa oscuridad y el más riguroso silencio.
Me he dicho: una muerte indigna para un ser cuya única culpa ha sido la de estar enchufado al deseo de una sopa y no haber observado el riesgo que puede llegar a esconderse bajo un condenado plato de caldo.
— ¡Senhor Carlos, senhor Carlos!… O senhor está bem?
—Sandra, hija, haz el favor de arreglar este enchufe y sírveme un plato de caldo en condiciones, éste se ha quedado frío.