tras los pasos de Fred
Lo oí mucho antes de verlo. Avanzaba entre el gentío sin prisa. Iba marcando -no lo tuve claro- si el eco de un pasado que nunca es olvido o lo inexorable de un futuro cabezota que vuelve una y otra vez para cumplir esa eterna función de dejar huella. Hasta ahora nunca imperecedera.
El “tap-tap” de sus pisadas era un infatigable metrónomo que marcaba el paso del tiempo con la misma fiabilidad que el “tic-tac” del reloj de cadena que, seguramente prendido con un “clip”, debía llevar oculto en el chaleco bajo su desfasada chaqueta.
Fui siguiéndolo a pocos pasos de los suyos, prendado yo por la inmensa distinción de su porte. Quizá fue por anacrónico que me resultó absolutamente fascinante. Sin duda era un hombre de otro tiempo: un “posromántico” desubicado, un dandy andante.
Pero no eran ni su obsoleta estampa medio victoriana, ni su sedoso pañuelo al cuello, ni su perfume con intenso olor a bergamota, lo que a su paso iban dejando huella, si no el frío sonido que los remaches de sus zapatos machaconamente cincelaban sobre la pétrea acera, marcando -antes de disiparse- cada uno de los segundos del día. No, él no transitaba como los demás, él transcurría acompasadamente por la calle. Sus pisadas tenía un poderoso carácter hipnótico, y yo podía sentir cómo me arrastraban, incapacitándome para tomar cualquier decisión o dirección que no fueran ir tras él y hacerlo calle abajo. No me resistí en ningún momento, no, todo lo contrario, me dejé llevar por la estela de aquel hombre que a mis ojos resultaba precisamente eso, estelar.
Súbitamente tuve el impulso de nombrarlo, y lo hice con el apodo más oportuno que vino a mi mente:
-«¿Qué tal si te llamo “Fred”, hombre herrado?».
Un poco más adelante se detuvo frente al escaparate de una sombrerería. La tienda tenía ese aire vintage y distinguido que, a través de su escaparate, exhiben los pocos comercios de este tipo que aún quedan. Llevar sombreo es algo que viene estando en desuso desde hace décadas, un sombrero se ve como una prenda rancia perteneciente a un mundo en blanco y negro. Fred entró allí y salió empuñando un bastón y ajustándose un evocador «bowler hat”, un bombín negro. Definitivamente era un personaje extemporáneo, completamente inusual.
Continuamos caminado por la acera. Fred, con un paso algo más rítmico y acelerado que al principio, caminaba como «in crescendo», movido por una extraña determinación de anticipar a cada paso algo que sólo él sabía. Se detuvo frente a una frutería y las punteras de sus Oxford negros de piel de becerro comenzaron a repiquetear frenéticamente. El canalla bailaba magistralmente tap dance, con el reloj de sus pies percutía sobre la acera a una velocidad extrema. Quise entender una música de fondo… Sí, estaba bailando y cantando a la vez “Heaven I’m in heaven, and my heart beats so that I can hardly speak…” Era el famoso “Cheek to cheek” del musical de Mark Sandrich.
La frutera, que en ese momento colocaba en un cesto enormes bulbos de jengibre, al sentirlo inmediatamente los soltó y corrió hacia él gritando:
-¡¡Jerry, por favor no, no lo hagas, déjalo estar!!
-Oh, sí Dale, –le contestó Fred– “it’s time to feel the fucking heaven”.
Depronto los bulbos de jengibre comenzaron a arrugarse y perder su tersura y carnosidad, los mangos y las papayas se empezaron a pasar y a descomponer aceleradamente sin salir de las cajas de importación que los contenían… Una mujer que palpaba un aguacate comenzó a encorvarse y su piel dio un salto mortal en el tiempo mientras contemplaba cómo se momificaba el fruto en sus manos, -si éste hubiera tenido ojos el estupor habría sido recíproco-. La publicidad y los reclamos impresos se desprendían del escaparate y las paredes del local, acartonados, vencidos por un fulminante y trágico deterioro. La calle entera adquirió un aspecto decadente y desprovisto de cualquier signo de vida. Todo adquirió una dimensión inversa. Los amaneceres y los ocasos se sucedieron frenéticamente como hojas de un almanaque desprendidas por la furia de un vendaval exterminador. Fred seguía marcando con la puntera de sus zapatos un ritmo endiablado, los días, las semanas, los meses y los años se sucedieron a una velocidad meteorítica. Aquella calle se volvió irreconocible antes de terminar por desaparecer bajo un inmenso y denso hongo que cubrió el cielo de cenizas en suspensión, cenizas de un color amarillo luminiscente.
Seguía oyendo a Fred cantar “Heaven I’m in heaven”… Pero su voz se estaba convirtiendo en un tenue hilo y sus pasos de baile, ya sin energía, empezaron a languidecer hasta detenerse por completo. Hasta que pude oír con claridad el silencio telúrico y sepulcral de la NADA.
Es extraño, yo seguía allí, observando aquella vertiginosa locura, sin percatarme de mi levedad, de que me desplazaba sin hacer ruido, sin prisa, ya sin pisar.
Entonces oí una voz que me dijo:
-No sabes cuánto lo siento Gene, ya no podrás seguir mis pasos. Tu tiempo nunca llegará porque ya ha pasado. Jamás podrás cantar y bailar en la calle bajo la lluvia, sintiéndola caer por tus mejillas.